Posteado por: sandra en: 9 febrero 2009
Producir la humillación, el descontento y la indignación en millones de personas de todo el mundo puede parecer tarea difícil en principio para cualquiera de nosotros. Sin embargo esta semana el obispo Richard Williamson se ha empeñado de forma altruista en demostrarnos que lo contrario es posible. Sólo depende de qué se diga y de quien lo diga.
Me parecía necesario compartir con aquellos a quien todavía no les haya llegado la noticia, una serie de “perlas” salidas de la boca del citado obispo, que hemos podido leer esta semana en algunos diarios.
Para situarnos, Williamson es uno de los obispos seguidores del ultraconservador Marcel Lefebvre, a quien el Papa Benedicto XVI primero excomulgo y posteriormente en una decisión más que ambigua volvió a rehabilitar. En su entrevista con la televisión pública sueca (SVT) Williamson no dudó en lanzar afirmaciones como las siguientes:
“Pruebas históricas contradicen que se gaseara a los judíos deliberadamente”
“El antisemitismo es malo si va contra la verdad. Si algo es verdad no es malo”
También se atrevió a afirmar que durante el nacionalsocialismo habrían muerto a los sumo 300.000 judíos y no 6.000.000.
Como es lógico, las reacciones no se hicieron esperar: se abre una investigación por parte de la Fiscalía en Baviera, surgen las protestas en Alemania e Israel y la comunidad internacional representada por la canciller alemana Angela Merkel pide explicaciones al Vaticano.
Benedicto XVI, a través del portavoz del Vaticano, condenaba las declaraciones negacionistas sobre el Holocausto expresadas en boca de monseñor Williamson, obispo al que había rehabilitado el 24 de enero. Este último, sin retractarse de sus declaraciones, pidió disculpas al Papa por las molestias causadas, pero no al resto de la comunidad internacional.
Parece evidente que el pronunciamiento del Vaticano no haya satisfecho a Merkel, al igual que no nos ha parecido suficiente a ninguno de nosotros.
Dentro de la comunidad católica, obispos, profesores de teología e incluso el ex presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, han expresado su descontento por las declaraciones de Williamson y su reciente rehabilitación, por considerar que fomenta el odio y separa a las distintas iglesias.
Acontecimientos como éste nos llevan a caer en la tentación de poner el grito en el cielo y hablar muy claro. Sin embargo en estos días de confrontaciones gratuitas y diarias donde la diplomacia es un activo (y quiero distinguir diplomacia de tibieza), es mejor respirar hondo y evitarle a nuestro corazón latir a un ritmo innecesario. Además no creo tener las fuerzas para entrar ahora en un debate sobre la función o el trasfondo de la Iglesia Católica o de cualquier otra religión. Se precisaría escribir un post (o varios) demasiado extenso y pulido para no herir sensibilidades ni caer en afirmaciones demagógicas. Se suma a ello que en este tipo de materias habría que trazar líneas divisorias muy definidas para aclarar de qué se está hablando: si es de acción social, o de homilías convertidas en mítines políticos; si es de instituciones que se lucran con la fe, o de las que la utilizan en beneficio del más necesitado; si es de estar al lado del que agoniza de hambre en un país tercermundista, o de estar cerca de aquel al que le rebosan los bolsillos.
Así que desde mi casi nulo conocimiento sobre este tipo de materias, sólo me queda pronunciarme brevemente desde el sentido común sobre lo que ha sucedido estos días. Actuaciones ambiguas y contradictorias como ésta y la decisión de tener “en nómina” a personajes que dinamitan el diálogo dentro de la Iglesia Católica o con otras religiones, me hacen cuestionarme la verdadera naturaleza de las intenciones de aquel que un día se asomara como nuevo Papa al balcón central de la Basílica de San Pedro. Desde la indignación, sólo exijo del obispo lefebvrista una retractación pública e inequívoca acerca de sus declaraciones sobre los 6 millones de vidas que se cobró el Holocausto judío. Es lo mínimo.
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